No vuelva usted en otro momento…la atendemos ahora!! -Relato-

Este relato es para la reflexión y sobre todo para saber tener corazó, confianza y fe en las personas.

Bueno días! – le dije a la Secretaria cuando entre en aquella sala, que casi me desmayo por cierto, ¡que lujo! pensé, que derroche, pero bueno, siempre hay que dar una buena imagen, a veces la imagen es lo más importante, aunque por dentro este vació, el envoltorio es lo primero que se ve.

Aquella mañana estaba dispuesta a soltar todo lo que llevaba dentro de mi, estaba harta, pero con mayúsculas HARTA de ver tanta injusticia, tanta falsedad, tanta ironía, nada se arregla, nada te compensa, nada parece importarles a las personas, solo, su éxito, su dinero, su popularidad, ¿Cómo es posible que las personas puedan llegar a ese extremo de egoísmo, como es posible que no haya nadie, que de un portazo, a todo, y se mantenga limpio, se mantenga fiel a las leyes, a las normas, y no diferencie a los que le pueden aportar fama y dinero….no lo podía entender.

Así, que este día me levante con la valentía de presentarme ante el Juez de mi ciudad, un Juez que había oído era incorruptible, una de esas personas que se hacían valer, solo miraba el caso, no a la persona, no el éxito, no la condición humana, miraba el hecho, el agravio que podía repercutir, simplemente juzgaba el hecho, y la conducta de la persona que lo había cometido.

Cuando la secretaria me vio entrar no me puso buena cara, me miró con esas miradas de desprecio, esas miradas de superioridad, no había ni una pizca de amabilidad, de compasión, de ternura, ni tan siquiera un ápice de educación. Y eso que era la secretaria de uno de los Jueces más importantes de mi cuidad.

En un momento dado que ella estaba despistada, abrí la gruesa puerta de roble que separaba el despacho del Sr. J.. de la sala de espera y entre corriendo, cerré de golpe, y me quede en frente de su gran mesa, parecía que me había trasladado a otra época, el despacho era tan grande como mi piso, estaba todo decorado con objetos antiguos, una gran alfombra cubría todo el suelo, había dos grandes sofás en un lado del despacho y en frente tenía su mesa, llena de carpetas y papeles muy bien ordenados. Una lámpara de plata con la forma de mujer sosteniendo la balanza iluminaba la mesa, ya que las cortinas estaban corridas, no había mucha luz natural.

La secretaria entró como una furia en el despacho, pero el Sr. Juez le corto la retahíla que iba a contar, diciéndole que no pasaba nada, que me conocía, aunque no era cierto, y que no le molestara hasta que no le diera aviso.

Yo me quede de piedra, no me conocía en absoluto, pero me gusto el gesto de amabilidad que tubo por su parte, me supuse que al verme la cara de desesperación, no había tenido más remedio que escucharme. Estuvimos en aquel lujoso despacho más de dos horas hablando, yo le conté que no me parecía justo que algunas personas, simplemente por el hecho de la fama, el dinero, o el padrino que tenían, no cumplieran las penas que se les habían impuesto, y sin embargo un pobre hombre, que en un momento dado de su vida comete un error, luego se arrepiente, se reintegra en la sociedad, tiene familia, trabajo, etc. Y simplemente por que la justicia no le juzgo en su momento, sino ocho años más tarde, le va a quitar de un plumazo todo eso…

Me parecía totalmente injusto, yo me dedicaba a mis horas libres ir a las cárceles, allí visitaba a personas que no habían tenido ninguna oportunidad, porque yo creía firmemente en las segundas oportunidad, pero solo en las segundas, no en las terceras.

Visitaba a personas que por su condición de pobres, de analfabetos, o simplemente la inhumana condición de haber sido maltratado por las personas que más lo tenían que haber querido, su vida se había truncado, con eso no los excusaba, al contrario, creía firmemente que las personas con menos oportunidades son las que tienen que luchar más, y al final esa recompensa es el sabor más agradable que alguien pueda sentir, es la sensación de haber triunfado, es la causa de que sigamos creyendo en nosotros mismos.

El Sr. Juez me escuchó con gran atención y me prometió que en dos semanas haría algo que yo le había ayudado a comprender y le había dado como una especie de empujón para realizar algo que llevaba tiempo pensando, pero, sin el apoyo de nadie. No me hizo volver otro día..

Yo agradecí que simplemente me hubiera dedicado esas dos horas, que quizá para el no significaban nada, pero para mi habían sido las dos horas más productivas, más sensatas y más importantes. En esas dos horas conseguí que cambiaran unas normas de conducta, unas normas y leyes que eran injustas para muchas personas, conseguí que dos personas que estaban al borde del abismo, al borde de volver a ser lo que en un momento dado de su juventud no tenían que haber sido, logré tan solo que dos personas fueran como los demás, supieran darle el valor a aquello que nos parece tan simple, tan normal como es la libertad, pero que cuando se pierde, daríamos cualquier cosa para volver a tenerla.

Al cabo de dos años, llenos de alegría, de esfuerzo y algo de dinero, abrimos el primer centro de recomendaciones a las personas pobres, y vinculadas a unos barrios que son el trampolín a la muerte y la desesperación, de enseñanzas básicas para ser una persona sana y libre. Y ahora transcurridos ya veintiocho años, me siento orgullosa de haber sacado a todas esas personas que han pasado por el centro de una vida que no hubieran podido disfrutar, una vida que seguramente hubiera acabado a los quince o dieciocho años. Ahora seguirán esas dos personas que yo ayude, porque ellos supieron valorar ante todo eso “la libertad”.


 

Acerca de Marian

Escribo relatos cortos, poemas, reflexiones y otras cosas de interés general, me encanta estar informada de todo lo que pasa en el mundo. S
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