EL CONDOR – RELATO CORTO-

El Cóndor por Angeles Rosique

Aquella noche me invadió un bello sueño, que durante toda mi niñez me había acompañado varias noches a la semana, el sueño empezaba con una niña del barrio de Kunsai, (Kunsai era el barrio más pobre y desolado de mi país), con sus insaciables ganas de vivir. En la comisura de sus labios se podía observar la esperanza, la vida… Anea que así se llamaba la bella princesa, como la llamaba Cóndor, tenía una vida solitaria, y sin esperanza, vivía con la ilusión de que su pájaro volara cada noche a darle lo que no tenía “amor, cariño y sueños”. Cada noche se trasladaba a un banco del parque, sentadita con sus pequeñas manitas cruzadas encima de sus delgadas rodillas, a esperar a su gran amigo el Cóndor, él era una especie de combinación entre pájaro y ángel, ellos permanecían de la mano se miraban y a través del contacto de sus manos hacían realidad esa gran ansia que tenía, de que alguien le diera un beso, la acariciara, la mimara, porque Anea vivía en un lugar horrible, el lugar más pobre y desolador de la tierra, pero a pesar de todo eso,  Anea se sentía libre, querida, amada y segura con Cóndor hasta que empezaba a repuntar el día, entonces se despedían hasta la próxima noche, cuando el Cóndor la volvería a llamar en medio de la noche, para darle su mano y acompañarla en ese trance de miedo y temor que ella tenía y no podía despojarse.

Durante el encuentro Anea destruía todo eso que le rodeaba durante el día, no se acordaba de nada, solo vivía esas horas como las más bellas y esperadas de su existencia. Una noche Cóndor no apareció, ella estuvo durante toda la noche sentadita, esperándolo y no apareció….
Al día siguiente, Anea creyó que el Cóndor la había olvidado y abandonado, como la mayoría de las personas que habían existido en su corta vida, así que la tristeza invadió de una forma desproporcionada su animo, estuvo llorando todo el día y cuando llegaba la noche, las lágrimas habían cambiado de color, las pequeñas gotitas,  resbalaban por sus mejillas en un color púrpura brillante, y al llegar a la comisura de sus labios se convertían en pequeños pajaritos, que arrancaban a volar alrededor de su carita. Al cabo de unos minutos, uno de esos pajaritos se poso encima de su hombro y acercándose con sus diminutas patitas le susurro al oído:
-Anea ¿por qué lloras?, no debes estar triste, Cóndor no se ha ido, el está siempre a tu lado, él siempre te vigila, nunca se aparta de ti. El tiene mucho trabajo, hay niñas como tu, y en peores condiciones, y tiene que ayudar a todas.
Anea entendió perfectamente el mensaje del pajarillo, ella era una niña muy comprensiva, entendía perfectamente que cuando te sientes como ella se había sentido antes de conocer a Cóndor las cosas son muy difíciles.

Así que agradeció la ayuda y le pidió al pajarillo que le mandará un besito a Cóndor, pero le dijo que no hacía falta que se lo enviará, ella tendría oportunidad de dárselo, porque Cóndor no había desaparecido de su vida, solo se había ausentado en unos días.
Pajarillo, que así lo llamó a partir de ese día se había hecho inseparable de Anea, él era ahora su amigo, guía, su ángel de la guarda, siempre iba posadito  en su hombro y le acompañaba a cualquier lugar. Anea estuvo protegida por el aura de Cóndor, aunque realmente no volvió a verlo, lo sintió durante toda su vida, Pajarillo se separó poco a poco de ella, a medida que pasaban los años, y era más independiente, más fuerte y segura, hasta que Anea caminó sola  por el mundo, pero sin miedo.
Pasó toda su vida enseñando, ella supo entender a los niños, porque ella salió de un lugar del cual  jamás ningún niño debería conocer, un lugar que tendría que  desaparecer de la tierra, para convertirse en un trocito de cielo. Un trocito de paraíso donde los niños fueran niños, donde el juego, el amor y la ternura fuera algo normal, algo de lo que nadie se sorprendiera o que jamás haya conocido.
Cuando Anea estaba a punto de morir, ya muy viejecita, se le apareció Cóndor, aquella maravillosa tarde de verano, en la que el cielo gritaba  varios colores, entre el rosa, amarillo, azul, y dorado. Apareció Cóndor en la repisa de la ventana, con su pico hizo sonar el cristal para que Anea lo mirará, y allí majestuoso y valiente le dijo:
-Anea, tu no te vas a ningún lugar, tu vendrás conmigo, estarás siempre junto a mi, y yo te enseñaré que es la verdadera felicidad, volaremos juntos alrededor del mundo y podrás ver que es eso que todos queremos, donde está eso que anhelamos y que pocos consiguen ver. Tu nunca te alejarás de mi, al contrario, vas a ser mi guía, igual que lo fui yo en un momento de tu vida. Así, que Cóndor sopló fuerte hacía el interior de la ventana, y en aquel momento apareció un polvillo púrpura, alrededor de Anea, que la envolvió y la convirtió en cóndor. Poco después Anea se posó junto a Cóndor y los dos salieron volando por aquella ventana, rumbo a algún lugar a un país donde aun no conocían que era eso tan bello que ellos querían conseguir. Cóndor y Anea empezaron un viaje que jamás los separaría, un viaje para ayudar y conseguir algo que casi era imposible, pero jamás les venció el desanimo, la tristeza de ver que hay ocasiones que aunque te lo propongas, no se consigue tu propósito, pero eso no tiene que dejar que te venza el desanimo, al contrario es eso lo que tiene que darte las fuerzas para luchar la próxima vez.

Acerca de Marian

Escribo relatos cortos, poemas, reflexiones y otras cosas de interés general, me encanta estar informada de todo lo que pasa en el mundo. S
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