Belleza natural

Sensaciones, palabras…está será una nueva faceta de mi blog, cada día escribire una palabra que defina el momento, el estado, lo que siento cada día al levantarme o durante el día….o la mayoría de las veces son las noches …las que te hacen sentir…

Hoy al despertar como cada día a las 7 de la mañana, me sentido diferente, con una paz interior, una sensación de que las cosas son cada día mejor…Observando cada día esos amaneceres que tengo el privilegio de ver cada día  desde la Avenida Virgen de Montserrat, desde dondé la vista, te lleva al mar. El reflejo cada día de ese  maginifico sol , que despierta desde el horizonte y deja ese rastro  dorado o plateado en los brazos de ese mar inmenso, una verdadera satisfacción poder cada día cargarme mediante la vista  de esa energía que da el solo echo de ver como amanece  ese espectaculo de  vida tan bello, ese regalo tan generoso  y en muchas ocasiones, poco apreciado. Hoy mi palabra es….

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Valentia

Tras pasar por debajo del “arco” se detuvo y quiso sentir esa sensación que hacía años añoraba y que por fin había conseguido, no sabía como detener el tiempo, quería para el reloj y quedarse en ese momento. Se había atrevido a hacer algo que estaba fuera de control, pero lo había conseguido, se enaltecía de su inmensa fuerza, de su entereza, pocas personas logran salir del túnel, oscuro y sin final, pero ella salió, tras fintar varias recaídas, propuestas, e intentos frustrados, -¿Es posible salir? .

VALENTIA

Tras pasar por debajo del “arco” se detuvo y quiso sentir esa sensación que hacía años añoraba y que por fin había conseguido, no sabía como detener el tiempo, quería para el reloj y quedarse en ese momento. Se había atrevido a hacer algo que estaba fuera de control, pero lo había conseguido, se enaltecía de su inmensa fuerza, de su entereza, pocas personas logran salir del túnel, oscuro y sin final, pero ella salió, tras fintar varias recaídas, propuestas, e intentos frustrados,  -¿Es posible salir? . Continuar leyendo «Valentia»

Han pasado 32 años…….de este momento para siempre.

Recuerdos de una vida, las compañeras de la generación de 1963. Colegio de La Caixa de Barcelona en la calle Andrade.

VIAJE LOURDES 1977- pequeña

Creo que hay semanas, días o momentos especiales en la vida. Esos que vienen o llegan sin avisar. Estar semana, he tenido varios de esos momentos especiales. El lunes, me encontré respuesta a una carta que envíe al Periódico, algo que nunca me hubiera imaginado, pero por lo que sea fue leída por una de las personas que quería hacer llegar mi mensaje.

Hoy es martes, y estoy muy contenta porque nos vamos a reunir, o vamos a intentar reunirnos, todas las amigas y compañeras de clase que hace 40 años estudiamos juntas. Si, parece mentira pero desde ese 1969 que empezamos el EGB  (Educación General Básica), han pasado 40 años. Es algo maravilloso poder juntarte con las personas que pasamos parte de una infancia, parte de una juventud y recordar todos aquellos momentos, para mi especiales y únicos, que fueron el colegio de La Caixa, en la calle Andrade de Barcelona. Allí pasamos nuestros mejores momentos, al menos yo. Recuerdo las clases, los profesores, el patio del colegio, las tardes en la Asociación Alisos en la que jugué más de ocho años a básquet.

Recuerdo también, con especial amor, los festivales de fin de curso, los preparativos, la profesora de gimnasia, y sobre todo me acuerdo de mi último año, ese fue el mejor. Estuvimos durante todo el curso ensayando las tablas de gimnasia para el día de final de curso. Teníamos que saltar el potro, el plintong, las paralelas. Lo que más me emociono fue que el día del festival salíamos en parejas, con los chicos, aquel año conseguimos que algo se hiciera mixto. Nos pusieron hasta música, fue todo un espectáculo.

El colegio  era mixto pero estaba dividido en dos alas, cuando entrabas por las puertas principales a la derecha iban las chicas y a la izquierda las clases de los chicos. Recuerdo cariñosamente que en el patio estábamos separados por vallas, no podíamos jugar juntos, y nos poníamos todas junto a las vallas para poder hablar con ellos, o simplemente mirar a ver si estaba en el patio ese del que te habías enamorado.

Fue un colegio fantástico, en el plano educativo y en el humano. Recuerdo con tanto cariño a mis profesores, la señorita Nieto, mi primera profesora, a la Sta. Gali, Sta. Antico, Sta. Enjuanes, Sta. Serrano, Sta. Ramírez, y alguna más que por desgracia no recuerdo sus nombres. Cada una especial en todo lo que hacía, con su carácter y sus vidas. Para mis inolvidables. Quizás hoy ya no estén aquí, pero en mi memoria las tengo siempre. Fueron buenas profesoras, me enseñaron educación, cultura, amor por los libros, el saber estar, y el respeto que se les tenía. Ellas formaron un grupo de mujeres, que creo hemos llegado lejos.

Ahora solo queda que en breve nos juntemos las participantes de esta historia, estoy ansiosa por que llegué ese día en el que nos juntemos, nos contemos que ha pasado con nuestra vida en 40 años, como estamos, como somos, si hemos cambiado, si la vida nos ha dado aquello que esperábamos, cuántos hijos tenemos, si estamos casadas, separadas, todas esas cosas que siempre había pensado, siempre me preguntaba ¿Qué será de esta, de aquella, donde vivirán, habrán estudiado carreras, serán madres…?.

Cuando llegué ese día dedicaré un post, creo que el post que más cariño ponga para dedicárselo a todas las “compañeras del 63 del colegio de La Caixa”.

Creo que la vida es maravillosa, hay momentos duros, malos, que quizás muchos nos derrumbamos, pero también existe ese mágico momento en que desaparece la tristeza y entonces comprendes que hay algo más en la vida, las personas, las amistades, el sentimiento por aquellas cosas pequeñas, que son las más grandes.

Recuerdos de niñez por Lois Tarranco

Relato del recuerdo de mi niñez.


Durante el trayecto miraba fijamente por la ventanilla, me encantaba observar la diferencia de paisaje desde la salida de Barcelona hasta el pueblo. Cuando salía de Barcelona la contaminación era bárbara, veías una capa gris apoderándose de un cielo, unos días claro y otros nublado, hasta sentías un olor especial, de fabricas, vertederos y combustible de los cientos de miles de coches que cada día recorrían aquellas carreteras para ir al trabajo.

Cuando llegamos a Lérida, el frió era aterrador, estábamos a unos dos grados y las manos se nos enrojecían y dolían del frió que hacía. Entramos en un café mientras esperábamos la hora y media que había de tiempo entre un autocar y el próximo que teníamos que coger. Era otra ciudad, mucho más pequeña pero otra ciudad. Yo detestaba cada día más la ciudad, me acordaba de pequeña que estaba muchas temporadas con mi tía Pilar, la hermana de mi padre en un pueblo de Tarragona en Villalba de los Arcos, allí disfrutaba como una enana, jugaba en la calle, corría por la plaza y disfrutaba de todas esas cosas que en un ciudad son imposibles, ni tan siquiera teníamos un pequeño parque para bajar a jugar. Siempre estábamos metidos o en el colegio o en casa,  entonces mi madre se tenía que volver loca, éramos siete hermanos y solo nos llevábamos un año entre nosotros.

En los Monegros, que  según la leyenda su nombre viene de Monte Negro por la gran extensión de pino y sabinas que había en aquella época, un animal podía cruzar la Península Ibérica sin tocar suelo. Ahora es todo lo contrario, prácticamente han desaparecido las sabinas y los pinos se cuentan en grupitos reducidos que parecen pequeñas manchas en el centro de un desierto que cada vez más está dejando un paisaje desolador.

Tan solo pasábamos por cuatro pueblos desde Lérida hasta La Almolda, pero eran los auténticos pueblos, pequeños, con casas rusticas de gruesas paredes, calles estrechas y balcones con flores y alguna que otra abuelita mirando por entre el visillo de la ventana para ver quien era el que pasaba. Los días, daba la impresión que se paraba el reloj corría más despacio, lentamente, sin prisa. Allí en el pueblo los días se alargaban más de lo que uno se puede imaginar, y no por la luz del sol, o por que fuera verano o invierno, simplemente era como viajar a un lugar de sueños, un lugar donde la vida se valora, se vive.

Al llegar al pueblo teníamos que subir la calle San Antonio para llegar a casa de mi tía Águeda. Mi tía era soltera, me contaron una vez que se había enamorado de un hombre, pero lo mataron en la guerra, y jamás se volvió a enamorar. Mi tía se alegraba mucho de vernos, nos quería mucho y también nos renegaba,  imaginar  a siete niños en una casa que durante gran parte del año solo estaba habitada por dos personas, y de repente aparecen siete chiquillos, pequeños, traviesos y con ganas de todo. Mi tía encendía la estufa de leña y a parte tenía un brasero que ponía debajo de las faldas de la mesa de la cocina, a mi me daba bastante miedo, creía que algún día íbamos a meter nuestros pies y nos íbamos a quemar, pero eso jamás pasó.

La casa era como un palacio, tenía tres pisos, entrabas a un gran patio, con el suelo de piedra pulida que mi tía cada día de rodillas pasaba un paño para que luciera el brillo, en la planta baja había la cocina con su masedería como le llaman, era una habitación pequeña en la que se guardaba la comida, el vino, el aceite y  utensilios para cocinar. Yo me iba a un cuartito pequeño que tenían dentro de un lugar que en su época fue tienda, vendían toda clase de legumbres, azúcar, y  otras cosas, allí me quedaba mirando por la ventana que se iba apoderando de la escarcha, hacía mucho frió, el ambiente era como de nieve, una pequeña niebla paseaba por las calles, anunciándote que había llegado el invierno, un invierno largo y frió, algunos años caían esos pequeños copos de nieve que tanta ilusión nos hacía ver y tocar.

Lois Tarranco

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